
Lo admito, no me gusta la idea. Me gusta saludar a los porteros de los condominios que quedan camino al paradero y poder ver en qué está el colegio cada tarde cuando vuelvo a mi casa. Me gusta la calle de la veterinaria en que la cordillera se ve rosada o nevada dependiendo del año. Me gusta mi pieza alargada y manchada con múltiples recuerdos. Y sólo por esta vez lo admito: me gusta que en verano la casa sea un refrigerador.
Y estoy entrenándome a mí misma para que me de lo mismo.
Pd. Esta es una entrada neutra, no sacar segundas conclusiones.