Voy a copiarle a mi estimada Mela (http://friendlymela.wordpress.com/) y subir uno de mis ensayos de Pensadores del Siglo XX. En este caso no recuerdo qué nota saqué y no me importa mucho la verdad: me gustó mi texto y estoy consciente de que no es perfecto, pero por fin me había atrevido a hacer un cuento luego del desastroso Leon Bloy -que fue desastroso no por la nota, sino que por el comentario y mi posterior reflexión de que sí:apestaba-, así que, con ustedes:
Libertad, ¿para qué? George Bernanos
Pensadores del Siglo XX
Ariel Duarte abre los ojos y se acomoda en su camarote, levanta la única sábana que lo protege del frío y bosteza. Son las seis y media de la mañana en la cárcel y se prepara para un nuevo día. Coge su ropa y se dirige a las duchas. Lleva cinco años preso, parte de su condena de diez, pero ya que es un reo de conducta impecable le han mencionado que el tiempo en la cárcel puede ser reducido a tan sólo siete años. En eso piensa cuando se pone los zapatos y camina hacia el taller. Hoy harán rosarios que luego se venderán en la ciudad. Y mientras los confecciona piensa en su libertad, su ansiada libertad para caminar por los parques, para estar con sus hijos, para dormir dos horas más y para pensar en mil otras cosas que hacer con ella.
Al terminar el tiempo de taller se dirige a almorzar, donde conversa con sus compañeros. Hablan de sus hijos, de las comidas que les gustan, de sus esposas y la comida que les preparan, de lo difícil que será volver a la sociedad, pero todos coinciden en que valdrá la pena, por la libertad. En la tarde, vuelve a hacer rosarios, esta vez pensando en su hija Alejandra, que se casará pronto. Él no estará presente, pero su hermano la llevará al altar en su lugar. Ya en la noche y en su camarote nuevamente, se despide de su compañero de celda, bosteza y cierra los ojos.
***
Jorge Duarte abre los ojos y se acomoda en su cama, levanta el brazo de su mujer que le acaricia la espalda y bosteza. Son las seis de la mañana en Ñuñoa y se prepara para un nuevo día. Lleva cinco años trabajando para una compañía de telecomunicaciones, el protocolo dice que a los diez le aumentarán el sueldo, pero ya que es un trabajador ejemplar su jefe le ha dicho que pueden darle un bono en tan sólo siete. En eso piensa cuando se sube a la micro camino al edificio de la compañía. Hoy debe hacer papeleos que involucran sumar y restar muchas cifras. Y mientras hace la tarea mecánica de ingresar números al computador, piensa en todo lo que podrá hacer con ese bono: comprar un nuevo televisor, regalarle algo a su esposa, quizás incluso irse de vacaciones fuera de Chile.
Al terminar su trabajo se dirige a almorzar, donde conversa con sus colegas. Hablan de sus hijos, de las comidas que les gustan, del trabajo del día y del auto nuevo que se compró el jefe, todos coinciden en que es caro pero el motor vale la pena. En la tarde, revisa las sumas y restas, esta vez pensando en su sobrina Alejandra, quién se casará pronto: él la llevará al altar, puesto que su hermano Ariel está preso. Pobre Ariel, se dice, no disfruta de la libertad que tengo yo, libertad que me permite hacer lo que quiera. Ya en la noche y en su cama nuevamente, se despide con un beso de su mujer, bosteza y cierra los ojos.
Francesca Cassinelli
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